¡Shakirra, Shakirra!

Por Diana Luz Oliva Cárdenas

A las 20:00 hrs. casi todos los citados estábamos ahí. Quedaban pocos lugares vacíos en todas las localidades. A ratos, abajo, en la pista, donde no había asientos, se arremolinaban los que desde temprano habían llegado para ver más de cerca a la colombiana de los movimientos provocativos y la voz tan profunda como variable.

Al frente, la escenografía no presentaba ningún elemento visual. Solamente los instrumentos en su lugar, no más.

A las 20:45 bajaron, a manera de telón, una enorme gasa negra y, atrás, una manta blanca que cubrieron el escenario. Las luces se apagaron y uno a uno, fueron saliendo los músicos para acomodarse e iniciar el viaje musical.

Las cuerdas de un instrumento oriental, un kanoon, dejaron escapar sus melodiosas notas; la expectación comenzó a crecer. Cualquier movimiento desataba los gritos de los miles de asistentes.

Los gritos de quienes estaban de frente al escenario anunciaron que ella, a la que tanto esperaban, por fin había llegado a la cita. Su silueta sombreada en la manta blanca la delataba. Las luces de cientos de celulares dejaban ver que sus dueños estaban listos para captar ese primer instante en el escenario (a fin de cuentas ni se ven bien las fotos, ni modo).

El estallido de luces y el retiro del telón y la manta lo confirmaron. Todos, hasta la última fila, brincaron de sus asientos para rendirle tributo a la reina de la gran Colombia que llegaba a encantar con su baile, su canto y su inspiración: Shakira.

Ataviada de manera sencilla con unos pantalones ceñidos a la cadera, una blusa de negra tela vaporosa adornada con lentejuelas plateadas estilo, obvio, árabe, y los pies descalzos, justamente como lo indica su canción. La rizada melena era libre y en su cara un maquillaje tan cuidado que parecía no traer nada. Su imagen reflejaba frescura, energía, vitalidad.

Para abrir apetito, nada mejor que Estoy aquí, el tema con el que empezó el romance entre público y artista hace ya 10 años.

Cuatro estratégicas pantallas dejaban ver muy de cerca las expresiones de su rostro. La cámara no dejó de seguirla y ella no dejó de prestarle atención y, a veces, hasta de seducirla.

-"¡Buenas noches, México! -exclamó emocionada al término de la primera canción-. ¡Estoy muy feliz de estar aquí! México es como mi casa y ustedes son mi familia, muchas gracias por venir. Voy a cantar y bailar, pero ustedes sólo tienen que hacer una cosa, pasársela bien".

El público selló el pacto con una gran ovación.

A partir de ahí se sucedieron Te dejo Madrid, Antología, Hey you, Inevitable (para bajar un poco, pero sólo un poco, la adrenalina)…

E inevitable era, para los hombres, dejar de adorar a la dueña de esas caderas que ondulaban suaves y delicadas como el viento, así como esos brazos que subían y bajaban y cuyas manos dibujaban sensuales figuras en el aire, así como de esos pechos que, de vez en cuando, se agitaban al ritmo de la música.

Si te vas, Obtener un sí y La Tortura (acompañada con su tecladista, el cubano Albert Menéndez, en lugar de Alejandro Sanz).

"¡Es el momento de mover el esqueleto!" -invitó antes de empezar la interpretación. Y, efectivamente, le hicieron caso, mientras ambos cantantes se desplazaban de un lado al otro del escenario.

El primer cambio de vestuario lo hizo para cantar No. Mientras éste cambio se daba, el telón negro bajó de nuevo y, con música muy tranquila, se proyectó una rutina de baile entre dos mujeres, sin comentarios, sin "editoriales", que cada quien entendiera lo que quisiera o pudiera entender.

Bajo un juego de luces rojas, reapareció la cantante envuelta en un enorme vestido, rojo encendido, de amplias mangas que movía ayudada por unos ocultos bastones. Sus hipnotizantes movimientos semejaban una especie de mariposa que volaba libre. El multitudinario coro la acompañaba con enjundia (¿habría alguien a quien no le doliera algo?). Sin embargo; al final cae, como vencida, con el vestido cubriéndola por completo.

Acto seguido, el segundo cambio de vestuario: Una falda morada de barbas, estilo hawaiano, un corpiño bordado de lentejuelas doradas y una cuerda con la que imitaba los movimientos de una serpiente, el cabello recogido. Como prólogo a Suerte deleitó a toda la muchedumbre masculina con una bella danza provocativa de unos dos minutos de duración aproximadamente. El éxtasis visual dejó en silencio a los deleitosos concurrentes, para dar paso después al estallido de alaridos aullantes.

Shakira, la dueña del escenario, la de los movimientos sutiles, se torna de espaldas y comienza a descender el tronco hacia atrás para dar nuevamente el rostro al público, las caderas y los hombros no dejan de moverse. Los alaridos de aprobación no se hacen esperar, los aplausos se dan al por mayor. Hombres y mujeres se muestran emocionados por igual.

Con Ciega, sordomuda volvió a prender a todo el recinto, no hubo un alma que no se levantara a corearla a todo pulmón.

En sentido estricto, esta canción era la que marcaba el final del concierto. Shakira agradeció y se despidió. Junto con sus músicos corrió al backstage, dejando en la incredulidad a los miles de asistentes. El Domo de Cobre quedó a oscuras.

Nadie podía creer que no hubiera cantado el éxito que estaban esperando desde el inicio con tanta expectación. No sabían si pedir otra, si aplaudir, si chiflar…

-¡No, todavía tiene que volver a salir! -afirmó con total certeza un joven a su grupo de amigos.

Entonces, se prendieron unos reflectores. El público comenzó a presionar.

Las luces se volvieron a apagar, vino el tercer cambio de vestuario de la noche.

Una hermosa odalisca en tonos rosas apareció en escena con un fino velo, igualmente rosa y comenzó jugar nuevamente al ritmo de los acordes orientales. Se cubría con el velo, dejaba que se le pegara al cuerpo hasta quedar perfectamente dibujada su silueta. Lo paseaba de una mano a otra, por su espalda, por sus pechos. Los alaridos-aullidos volvieron a salir de las gargantas de los hombres que la hacían el objeto de su deseo.

Una de las canciones que iba ad hoc con la vestimenta era Ojos así:

"Viajé de Bahrein hasta Beirut, / fui desde el Norte hasta el Polo Sur / y no encontré ojos así / como los que tienes tú…" Y si sus caderas iban para adelante, los ojos de los hombres también; sin embargo, si sus caderas iban para atrás, esos ojos no regresaban a su lugar; por el contrario, salían cada vez más y más de sus órbitas.

Baile, brincos, gritos, felicidad en las gradas.

Finalmente, sí, por fin, la que todos esperábamos para rematar la velada: Hips don´t lie; así, en inglés. El sampleo de trompeta comenzó y el gran Domo de Cobre retumbó hasta el último rincón; era, literalmente, una olla express que contenía un gigantesco cúmulo de emociones.

Nuevamente Albert Menéndez hizo el acompañamiento en una de las voces, pero faltó alguien para "encimar" el ya famoso "Shakirra, Shakirra". Un rato de confusión, ya que el tecladista se adelantó un círculo y ya estaba cerrando la canción; Shakira se acercó y, vocalmente, le hizo notar en qué parte iban.

El incidente pasó de largo. Todo mundo estaba en el embelesamiento rítmico. "¿Qué importaba un pequeño tropiezo si todos estamos felices?" Y así, con el sonido rebotando de un lado a otro, que desde hacía varias canciones llevaba a la saturación del sonido, el concierto acabó.

Shakira se retiró, sus músicos tras ella y, me atrevo a afirmar, la mayoría de los asistentes con mil y un fantasías en la mente. Para algunos, llevaba la pinta de que sería una noche muy divertida, como de cuento de hadas, con la princesa oriental que acababa de despertar en ellos deseos más profundos que el de, simplemente, escucharla cantar.